Walbert Pérez

 

 

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Fusión de drama y sensualidad

Una pintura de naturaleza abstracta en la que se perciben rostros y cráneos atormentados, incendiados, desgarrados por la crueldad de una guerra sucia que ha dejado un reguero de muertos en el territorio nacional.

En su exposición In Memoriam, a la vista en el Centro Cultural Gabriel García Márquez de Bogotá desde el 16 de octubre, Walbert Pérez hace una radiografía artística de la violencia que ha azotado al país durante más de 50 años. Desde las primeras series, su pintura ha demostrado ser una explosión de color y energía. Discípulo aventajado del expresionismo abstracto, que alcanzó su máxima expresión en las décadas del cincuenta y el sesenta en la Escuela de Nueva York, con pintores tan destacados como Willem de Kooning, Jackson Pollock o Mark Rothko, su obra recuerda también la propuesta cromática del informalismo español, en especial del catalán Antoni Tapies, cuya pintura asimilaba la materialidad de elementos disímiles.

Se trata de una pintura de amplias e irregulares manchas saturadas de color que el artista ejecuta con brochas, pinceles o espátulas, donde prima la acción gestual, el chorreado o la aspersión, para alcanzar sugerentes atributos que oscilan entre sensaciones poéticas y dramáticas. Se interesa por las superficies texturadas que se abren con sutiles transparencias para que penetre la luz en medio de densos nubarrones de inminente tormenta. Pérez es diestro en el manejo de contrastes con colores cálidos y fríos e intervenciones manuales que se traducen en signos y símbolos de armoniosa sensualidad.

En una línea que propone recuperar la pintura de los estragos del arte conceptual, propuesta por los transvanguardistas de Europa a partir de la década del setenta, este pintor del Caribe colombiano recurre a lienzos de gran formato para explayarse en la aplicación de masas cromáticas que evocan remolinos marinos o huracanes de vertiginoso recorrido. Se vislumbran composiciones intuitivas de carácter matérico en las que alcanzamos a descifrar enigmas que se entretejen con una caligrafía iconográfica de formas arbitrarias y figuras orgánicas de su mundo personal.

Su pintura llega a una temprana madurez, fruto de una lúcida interpretación de los valores sensoriales del color como medio expresivo que inducen a pensar en un espacio donde convergen, chocan y se dispersan en la noche sideral, asteroides caprichosos que dejan a su paso una estela de fragmentos iluminados. Su obra se inserta en la tradición expresionista por ser producto de sus más íntimas convicciones, en donde las emociones y la interacción de sensaciones visuales y táctiles se fusionan para dar paso a una pintura de vigorosas connotaciones estéticas.

Una de las series más inquietantes, por la fuerza de sus implicaciones sociales, es Magma, esa masa oscura que se agita veloz en el centro de la tierra a una temperatura que derrite las rocas más sólidas y que, de vez en cuando, asusta a los vecinos de los volcanes. La lava incandescente y los gases venenosos que eructan sus fauces son capaces de arrasar con ciudades enteras, como sucedió con Pompeya (Italia) o, más cerca a nuestro recuerdo, con la ciudad de Armero (Tolima).

Es esta furia telúrica, capaz de impulsar islas del fondo del océano o de crear las maravillosas formaciones rocosas del Valle de las Hadas en Capadocia (Turquía), la que ha inspirado a Walbert Pérez a incursionar en una temática tan ardiente como peligrosa. Aunque la pintura abstracta no propone muchas veces una imagen concreta, una verdadera obra de arte es aquella que de alguna manera, directa o indirecta, expresa o implica los contextos sociales e ideológicos de la época, y nuestro país ha sufrido durante largos años el cataclismo de una violencia similar a la de un volcán que eructa ese magma amargo de nuestros conflictos.

Es así, entonces, que las pinturas magmáticas de Walbert son metáforas de una compleja realidad, y son los colores de su paleta los encargados de manifestar el rechazo, la protesta, consciente o inconsciente, que experimenta el artista por tal situación. El negro terrígeno, ese mismo color que ha marcado el destino de nuestras víctimas, se transforma asumiendo las diferentes fisonomías de una masa en permanente estado de ebullición. Por más abstractas que quieran ser sus pinturas, el azar se las ingenia para proponer algunas figuras, ya sea de animales mitológicos, personajes fantásticos, fenómenos naturales o el explosivo presagio de una larvada situación social que se precipita sobre el desprevenido observador.

A su vez, el rojo en sus diferentes matices y texturas no sólo es el fuego que atiza el magma de sus imágenes, sino también la sangre que ha humedecido la tierra colombiana a través de siglos de luchas intestinas. Es tal la energía que se desprende de sus enunciados visuales que es imposible olvidar los suplicios, ultrajes, masacres y despojos que han pintado de sangre el paisaje colombiano y causado el éxodo de desplazados que sobreviven desesperanzados en los grandes centros urbanos del país.

Por supuesto que por encima de cualquier interpretación sociológica que pueda sugerir su pintura, se trata de obras que, desde un punto de vista estético, reclaman una atención que en sí misma trasciende cualquier elucidación filosófica. Sus composiciones en negro y rojo apuntan a una caligrafía personal que intenta descifrar los misterios de una geología desconocida para los investigadores de esta materia; enigmas que sólo se intuyen en la medida que percibimos una danza de material ígneo que se desplaza por los pliegues de nuestra imaginación. Su capacidad para resumir en una radiografía artística las intimidades de la tierra refleja la creatividad de un artista en permanente comunión con la naturaleza y las circunstancias sociales de nuestra época.

Si bien In Memoriam es una pintura de naturaleza abstracta, en ella se perciben rostros y cráneos atormentados, incendiados, desgarrados por la crueldad de una guerra sucia que ha dejado un reguero de muertos por el territorio nacional. Esas expresiones congeladas sobre el lienzo recuerdan el grito sordo de las víctimas, la incertidumbre, el desconsuelo, la severidad de situaciones dramáticas, así como la impotencia de quienes sufren esos vejámenes en condiciones de indefensión. Se trata de una reflexión humanista envuelta en un halo poético de contundente cromatismo rara vez visto en el país. Pérez se perfila con esta exposición como uno de nuestros grandes valores de la pintura, que ya se pensaba obsoleta por la arremetida de las tendencias conceptuales que han entrado a saco en galerías y museos del país.

 

* Escritor e investigador cultural, licenciado en humanidades de la Universidad de Nueva York.

Fuente. El Espectador

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